Pintura eléctrica

la Verbena_Ramón Casas

Con la aparición de los sistemas de iluminación, la noche se vuelve habitable y clara. Es una muestra más de la victoria del progreso humano, que ha conseguido domar la naturaleza en uno de los campos donde esta parecía más imbatible. Las noches del fin de siglo se vuelven exuberantes de luz y de color, y con ello nace un nuevo modo de vida para el hombre moderno, que ha conseguido la victoria ante uno de sus más ancestrales miedos. La noche se torna de peligrosa e inhabitable a estimulante y transgresora, toda llena de una fulgurante gracia gracias a sus reflectores lumínicos. Toda la sociedad se vuelva en la vida nocturna, desde las clases humildes hasta los poetas, artistas e intelectuales, que encuentran en las horas de la noche un nuevo modo de vida, nuevo y estimulante, incluso Ortega y Gasset le recomendaba a un amigo trasnochar y apurar la noche madrileña. Daumier, como le corresponde en su papel de gran cronista de la época plasma este furor por la nocturnidad en “Noctámbulos”. El siglo XIX traerá dos nuevos tipos de poblador urbano, el Flaneûr que deambula por la ciudad sin otro objetivo que pasear sus calles y observar las novedades, y el noctámbulo, una suerte de flaneûr nocturno que aprovecha la nueva y amable noche urbana: el soporte tecnológico ha legitimado el placer misterioso de la noche y sus pobladores se multiplican.
El aburrimiento, que durante el primer tercio de siglo había sido tratado como una decadencia psíquica cambiará radicalmente una vez que las ciudades estén iluminadas, surgiendo un nuevo modo de vida bohemio, y multiplicando con los años la oferta y los modos de vivir la cultura. Los cafés y teatros fueron los primeros lugares en adoptar la iluminación eléctrica, modernizando sus interiores dándoles un aspecto más acorde con los tiempos revolucionarios que se venían produciendo.

Serán los impresionistas, y especialmente Degas (quien era muy aficionado al teatro y la ópera) quienes traten con mayor profusión el tema de la iluminación artificial y sus efectos visuales . El mismo había manifestado su interés en la reproducción de este tipo de efectos, no circunscritos únicamente a la pintura de espectáculos teatrales y afirmaba que era necesario “trabajar mucho en los efectos nocturnos, lámparas, velas, etc. Lo curioso no es mostrar siempre la fuente luminosa, sino el efecto de la luz. Esta parte del arte puede hoy convertirse en algo inmenso”.

En España, tenemos también nuestros propios cronistas de esta nueva forma de vivir y entender el mundo, siendo Ramón Casas uno de los más prolíficos. Casas vivió con especial intensidad los ambientes de cafés y teatros, representando tanto a los actores, bailarinas y músicos, como en “Cuerpo de baile” o bien al público asistente, como en “Teatro novedades”. En algunas de sus composiciones, en las que el público es el protagonista se centra en la introspección y la soledad que son tan inherentes a la noche  moderna como lo es la propia ausencia de luz.

“La Verbena” resuena con ecos de la pintura de Renoir, recordando la importancia de los globos lumínicos en “Le moulin de la Galette” pero aquí Casas situa a sus personajes desdibujados, bailando bajo una bóveda de farolillos que en el primer plano superan en tamaño incluso las cabezas de la pareja que baila.

Las luces del baile brillan, mientras las pupilas de los bailarines danzan también, dilatándose y contrayéndose al ritmo de las diferentes intensidades lumínicas, recordando lo que decía Baudelaire: ¡Qué grande parece el mundo a la luz de las lámparas!



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