Las chicas buenas llevan espada

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Al hilo de la reforma en la ley del aborto, leí el otro día una serie de tweets de alguien antiabortista que me dejó un rato pensando e hilando dos discursos sin relación aparente. La cuestión era la siguiente; el hombre defendía que pese a lo terrible de la violación, el fruto de ella- esto es, el hijo- es algo precioso y acompañaba sus palabras de la foto de una Miss-algo cuya madre, de joven, había sido violada y decidió no abortar. Si bien el planteamiento era retorcido, la conclusión era escalofriante ya que el hombre decía que, de haber abortado la madre, habría privado al mundo de la belleza de su hija.  La mujer se ha convertido en un bello objeto y privarnos de su contemplación es poco más que un crimen.

En 1971 Linda Nochlin escribía en la revista Art News su famosísimo artículo ¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas? En el que analiza cuál ha sido el papel de las mujeres en la Historia del Arte y el porqué de las causas que han hecho que este sea principalmente pasivo. ¿Somos las mujeres más incapaces para la producción de obras artísticas? ¿Nuestras capacidades técnicas y nuestras destrezas son inferiores a las de nuestros compañeros hombres? ¿Qué ha pasado para que los escasos nombres de grandes artistas hayan pasado completamente inadvertidos?
Para la mayor parte de las personas ajenas al mundo del Arte sería prácticamente imposible citar no ya varios, si no un solo nombre femenino relevante en las artes plásticas. Y haberlos haylos, claro.

Uno de esos casos es el de Artemisia Gentileschi, una de las caravaggisti nacida en Roma y muerta en Nápoles. Los caravaggisti eran aquellos artistas que, como sugiere la filiación de la palabra, orbitaban alrededor de los postulados estéticos propuestos por Caravaggio, el maestro italiano de la luz y malamente promocionado por parte de la historiografía como “El pintor de la Contrarreforma”.  Sucede algo curioso con Gentileschi y Caravaggio, y es que ambos artistas pintaron la escena del antiguo testamento que describe la decapitación del general asirio Holofernes a manos de Judith, una viuda judía. Como decía Andre Grabar para diferenciar los roles de Judith y Salomé “las chicas buenas llevan espada”.

La obra de Gentileschi se encuentra en la Gallería degli Uffizi, en Florencia y la de Caravaggio en la Galería Nacional de Arte Antiguo de Roma, lo cual es una pena por que sería acertado poder contemplar ambas escenas a la vez. Pero hay algo que nos queda claro desde la primera vez que las sometemos a una comparación, la de Gentileschi es muy superior a la del maestro milanés. Y lo es por que el sentimiento que emana de la obra de Artemisia es profundamente más poderoso y más conmovedor que el de Caravaggio y también muchísimo más violento en su plasmación visual.

Artemisia fue violada por su maestro, el pintor Agostino Tassi. Fue humillada en el jucio y sometida a tortura para evidenciar la veracidad de su declaración y finalmente casada en un matrimonio arreglado por su padre, el también pintor Orazio Gentileschi.
No parece casual el parecido de Judith con la propia Artemisia.

La belleza en ocasiones se torna recuerdo vívido de lo abyecto. Si la observamos olvidando de dónde procede nos escupe en la cara, diciéndonos que somos peores por hacerlo. Ojalá nos viésemos privados de su contemplación si ello supone justificar lo injustificable. La belleza no es un argumento, ya que las mujeres no somos lienzos que contemplar pensando: Es fruto del horror, pero qué hermosa es.



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