De ciudades industriales y soles artificiales

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¿Podemos rastrear en la memoria aquellos lugares de donde proceden nuestros gustos, incluso aquellos más específicos? Nací a mediados de los 80 en Gijón, una ciudad asturiana que desde entonces, ha sufrido una grandísima transformación. En mis años de infancia, aún se dejaba notar allí el ambiente de bruma mecánica que poseen las ciudades que han tenido industria. El tiempo (y las políticas) han cambiado su faz, y ya sólo queda un leve recuerdo en el paseo de la playa de Poniente (artificial, por cierto) de lo que fueron los astilleros. Pero persiste en la memoria el recuerdo infantil de máquinas gigantes, óxido y metal. Algo más: las visitas que hacía con mi padre al Musel (el puerto de Gijón)  uno de los pocos lugares que aún conservan esa apariencia industrial y al que íbamos algunas mañanas a ver si nos dejaban subir a los barcos. Más metal, máquinas con agujas, indicadores de todo tipo, tornillos, vapor de agua….

El paisaje e incluso las ruinas de la industria son susceptibles producir una poderosa experiencia estética y algunas personas, entre las que me incluyo, encuentran una suerte de extraña belleza en ellas. Por ello no es extraño que uno de mis gustos principales en materia artística sea rastrear aquellos vestigios de industrialización en distintas obras de arte, aunque aparentemente no tengan una relación directa.  La industria contaminó el mundo del arte de múltiples maneras y una de ellas es sutil pero increíblemente poderosa: la electricidad.  Sin ella, además de llevar una vida mucho más incómoda, nunca hubiésemos contemplado obras como “El café de noche” de Van Gogh” o “Nocturno en gris y oro: nieve en Chelsea” de Whistler.  El final del siglo xix iluminó, esta vez de forma literal, a los artistas, brindándoles todo un nuevo mundo a explorar: la noche. Haciéndoles justicia, hay que reconocer que se entregaron a esta exploración con un ahínco único legándonos gran cantidad de obras en las que perdernos y que más de un siglo después continúan espoleando nuestra imaginación.

Los movimientos artísticos se asemejan al mar en su movimiento. Las olas depositan arena en la orilla, arena que permanecerá un tiempo determinado, hasta que una nueva ola la retire y se pierda en el inmenso azul marino. Así sucede con ciertos motivos que tuvieron un determinado auge durante un periodo artístico y que fueron sustituidos con el siguiente. No ocurrió esto con la electricidad. Su fulgor artificial ha permanecido en el imaginario artístico, transformándose y creciendo. De los brochazos enérgicos de los primeros artistas que representaron los haces eléctricos hasta los artistas contemporáneos que trabajan únicamente con la luz. Eliasson y su “The weather Project” es quizás una de las más impactantes instalaciones de los últimos tiempos, en la que el artista imaginó y creó un sol artificial que se ubicaría en la sala de turbinas de la TATE Modern y que iría acompañada de cambios en las condiciones climáticas de la sala. En la misma línea trabaja Turrel, que crea esculturas lumínicas en salas de exposición, creando ambientes cambiantes que pueden hacernos creer que nos encontramos en las entrañas de algún lienzo de Rothko

Degás, el ínclito artista asociado al grupo impresionista reflexionó en su momento sobre las luces artificiales y dejó escrito en sus diarios que la experimentación con sus efectos podría convertirse en “algo inmenso”.  Y yo, desde el sofá donde escribo esto, alumbrada por la pantalla retroiluminada de mi ordenador, sólo puedo asentir ante su aseveración.



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