La insoportable mecanicidad del Ser

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Primavera de 1894, un hombre acude a un extraño lugar, y sentado frente a una cámara fotográfica sostiene entre sus manos un objeto casi mágico, una esfera que emite un intenso fulgor blanco. La cámara lo retrata mientras la contempla,  profundamente absorto en el fenómeno que tiene entre sus manos. El hombre retratado es Mark Twain, el lugar: el laboratorio de Nikola Tesla en la Quinta Avenida de Nueva York              ; tras del escritor asoma una figura arropada por las sombras, vagamente iluminada pero con una presencia que no puede pasarnos inadvertida, se trata del propio Tesla y su manera de aparecer en la instantánea se asemeja un poco a cómo fue su vida y cómo ha sido entendida su figura a lo largo de los años. Ensombrecido por la enormidad de la efigie de su principal competidor y antiguo colega, Edison a quien se llegó a conocer como el brujo de Menlo Park, ha sido finalmente restablecido por la historiografía reciente y ocupa hoy el lugar que le correspondía por derecho propio.

Cerré mi anterior columna hablando de aquellos inicios de la electrificación que inspiraron a grandes artistas del fin de siglo y con algunos contemporáneos que continúan explorando las delicias estéticas de la corriente alterna, pero la cultura eléctrica puede ofrecernos sendas también oscuras, fantásticas al tiempo que profundamente telúricas que aquellas a las que se dedicaron los reyes mundanos que, pincel en mano, dedicaron su tiempo a tan insigne novedad como lo era la luz artificial. La literatura fantástica (ya que el término ciencia-ficción no aparece hasta 1920) se configuró en el siglo  XIX como uno de los temas fundamentales de la literatura y junto con la aparición del cine, será el eje vertebrador del nacimiento de un nuevo imaginario futuro, que no tenía cabida dentro de los cánones estrictamente científicos. En este sentido, surge un nuevo tipo de fantasía en la que cohabitan los avances de la ciencia junto con un mundo irreal, poblado de imposibilidades, pero estrechamente vinculado a lo humano, en contraposición con la fantasía de épocas anteriores que se centraba en la esfera divina.    Esta literatura fantástica se constituye como una amalgama de géneros, en la que las creencias en el mundo suprasensible conviven con los avances tecnológicos, con los miedos estrechamente humanos y con la intención de trascender, de avanzar aún más, hacia aquellos lugares ignotos donde la luz de las lámparas no ha conseguido aún erradicar la tiniebla.

Otro motivo más de regocijo: Aquí no hay un pionero del género, hay una. No es una pionera, es una heroína de la fantasía científica, que de un modo sagaz, reinterpretó uno de los mitos clásicos más cercanos a todo este embrollo de luces artificiales: Mary Shelley publica en 1818 su “Frankenstein, el moderno Prometeo”. Sería completamente imposible explicar en pocas palabras la brillantez de la obra de Shelley, pero basta con echar una mirada al cine de terror contemporáneo (como muestra sirva un botón: la obra de David Cronenberg), para observar como nuestros miedos continúan siendo desatados con los lugares planteados en su obra: la débil frontera entre vida y muerte, las modificaciones corporales y el miedo a que los avances científicos sean capaces de destruirnos, como si fuésemos una versión moderna de Víctor Frankenstein.

Estas raíces mecánicas, fantásticas y nuevas sobre las que descansa nuestro imaginario contemporáneo están plagadas de maravillosas criaturas; una de las más célebres (y celebradas) es la androide que Thea Von Harbou creó en su novela “Metrópolis” y que posiblemente sea más conocida por la adaptación cinematográfica de Fritz Lang. La máquina malvada, susceptible de controlarnos y destruirnos también ha sido explorada y explotada en el cine contemporáneo: imposible no acordarnos aquí de Hall  9000, el ordenador de la nave de “2001” o del pérfido guardián de la casa  que hacía a Julie Christie sufrir en “Engendro mecánico”.

Hay mucho más, claro. Pero no es mi prensión abrumar y aburrir al lector ocasional con una cantidad de datos difícil de digerir. Por terminar de manera especular, me gustaría volver al inicio del artículo, a la imagen de Tesla, y recomendar la visita a la exposición que la Fundación Telefónica le dedicará a este genio moderno a partir del 13 de noviembre.



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