La hoz y el martillo tipográficos

 

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“El libro debe ser la expresión futurista de nuestro pensamiento futurista” pensaba y decía Marinetti en su manifiesto del 11 de mayo de 1913. Esta aseveración no es extraña si pensamos en la revolución de formas futuristas, indudablemente deudoras del cubismo en lo que se refiere a la pintura, pero profundamente transformadoras en lo tocante a un arte que, habiéndose considerado menor hasta entonces, iba a suponer el punto de partida de una profunda transformación artística en la URSS: la tipografía.

Esta revolución tipográfica rusa se orquesta en torno a un grupo de poetas futuristas entre quienes se encontraba Maiakovski, produciéndose entre 1913 y 1916 las primeras tiradas de compilaciones poéticas que ponían en práctica las teorías futuristas sobre la tipografía, algunas de ellas con portadas de los artistas, que unos años más tarde llevarían a las cotas más altas los postulados de la nueva tipografía. Es el primer paso hacia un nuevo arte ruso. Con los poetas surge la idea -común a la vanguardia europea- de destruir el gusto burgués, de despojarse de siglos de convenciones estéticas y crear, de todas estas ruinas, una nueva estética actual, revolucionaria y en el caso de Rusia, proletaria.

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Como decimos, la intención de todo artista de vanguardia en aquellos momentos era destruir el gusto burgués, violentarlo, deformarlo y reírse de él hasta hacerlo desaparecer. Franz Marc recordaba aquellos años previos a la Primera Guerra Mundial diciendo que “todo eran preparativos de guerra”.  Si bien la vanguardia europea consiguió en parte sus objetivos, en Rusia se produjo un hecho sin parangón: se les concedió a los artistas de vanguardia el control de las artes, creando el Departamento de Bellas Artes un aparato específico encargado de regular la vida artística del país.

Uno de los triunfos de estos artistas fue que, sin renunciar a la intelectualidad, incluyeron como destinatarios de su obra a los estratos populares pues, ¿que sentido podía tener mantener una élite intelectual artística en un país que clamaba por la desaparición de la burguesía?.

El Lisistky produce en 1919  “Destruye a los blancos con la cuña roja”  obra que resume muy bien todas estas cuestiones. Se trata de una obra política en favor del ejercito bolchevique en la que no hay una división jerárquica en la que prime la imagen sobre la letra. Ambas están situadas en el mismo plano de igualdad y crean un todo. ¿Donde comienza la pintura y donde la tipografía? Los artistas hicieron suya la particularidad de su lengua, en la que el verbo pisat designa tanto la acción de pintar como la de escribir. No hay que olvidar además que se trata de una obra propagandística y no puramente artística, si la comparamos con la cartelería europea o norteamericana del momento podemos apreciar perfectamente lo radical y verdaderamente revolucionario del planteamiento estético constructivista.

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Como agentes generadores de un nuevo tipo de sociedad, los constructivistas irán abandonando la pintura de caballete, por elitista y burguesa, y preferirán para sus creaciones el soporte del papel, fácilmente reproducible, con la pretensión de llegar a todos los ciudadanos y de encontrar en la vida cotidiana aquella gratificación del arte que anteriormente había estado reservada a una minoría económica e intelectual, en palabras de Maiakovsky “el arte no es un espejo para reflejar el mundo, si no un martillo con el que golpearlo”. En el epicentro de este mundo tipográfico se encuentra la escuela Vkhutemas, análoga soviética de la Bauhaus y el lugar donde se produjeron algunos proyectos deliciosos y delirantes que mezclaban la ensoñación onírica con la funcionalidad de la arquitectura y el diseño, como la ciudad en las nubes de Georgy Krutikov.

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La expresividad de las composiciones tipográficas contrastan con la funcionalidad que se le presupone a la letra impresa, es decir, tradicionalmente el cartel está hecho para ser fácilmente asimilado y no para tener que ser procesado de manera lenta. En algunas composiciones constructivistas, se pone mayor énfasis en la expresividad frente a la utilidad, pero esta no llega a ser abandonada del todo. El propio El Lisitsky recomendaba a sus compañeros artistas no dejar de lado la legibilidad y lo hacía en los siguientes términos:

“El hecho de renunciar a la legibilidad por amor al color es un error.
El hecho de renunciar a la legibilidad por amor a la forma es un error”

Si estos artistas fueron capaces de transformar la sociedad o no mediante su práctica artística es un tema apasionante pero demasiado largo y complejo para ser abordado de manera breve. Pero algo sí podemos destacar a modo de conclusión, todo este énfasis renovador de artistas como El Lisitsky, Popova, Tatlin o Ródchenko han servido para ampliar los horizontes estéticos del actual diseño gráfico, para proporcionar a los artistas nuevos modos de composición de página y sobre todo sirvieron para revalorizar las artes gráficas en un momento en el que comenzaba a primar lo conceptual frente a lo material



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